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La sombra de Cain

LA SOMBRA DE CAIN

Editorial: CUADERNOS DEL VIGIA
Lengua: Español
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788495430458
Año edicón: 2013

Sinopsis

En estos relatos la sombra del resentimiento o la venganza ennegrece las existencias de hombres y mujeres, de vascos, castellanos, catalanes, gallegos y también la de los que comparten con nosotros suelo: albaneses, marroquíes. italianos. Los lugares en los que se desarrollan estas tragedias absurdas y cotidianas van desde un urinario al yate de un ministro pasando por una tumbona de playa o un cámping.

EN EL CAMPING

Me mordí el labio inferior y me hice sangre. Me mordí el labio inferior para no gritar de rabia, que era lo que me pedía el cuerpo. Tú bien lo sabes, Mercedes, que hay veces que se me mete la rabia en el cerebro y soy capaz de cualquier cosa. Por eso me mordí, para no delatarme.

Serían las siete y poco cuando los vi llegar. Me había ocultado detrás de unos setos que hay a la entrada del camping. No te imaginas, Mercedes, qué autocaravana traían, una de esas francesas que tienen de todo. El cerrajero iba conduciendo y al lado su mujer. Sentí que me llevaban los demonios y por eso me mordí el labio. Qué autocaravana, Mercedes. Una casa andante.

Regresé a la tienda de campaña y gasté cuidado en no hacerme ver mucho fuera de la zona de acampada. Temía que pudiera reconocerme si me lo encontraba en el bar o dando un paseo por los prados cercanos. Aunque, la verdad, eso parecía difícil porque aquel cabrón –¿recuerdas, Mercedes?– ni se atrevía a mirarnos a la cara, de vergüenza que le daba. Y fíjate, mucha vergüenza, mucha vergüenza pero ahí lo tenías, con una autocaravana francesa con la que tú y yo no pudimos nunca ni soñar.

Esperé a que se hiciera de noche. Y mira que tarda en llegar la noche en agosto, ¿eh, Mercedes? Eso sí, fue un atardecer precioso, de esos que disfrutábamos en nuestra azotea con la fiambrera y la botella de vino, ¿te acuerdas? Pues de esos, con el sol pintando el cielo de púrpura y la luna saliendo grande por el otro lado. Aunque para serte sincero, no lo disfruté mucho. Me faltabas tú, Mercedes, y además estaba nervioso, tenía la cabeza más en el cerrajero que en romanticismos, ¿lo comprendes, verdad?

Alrededor de las diez y media me fui acercando a la zona de las caravanas a través de una especie de bosquecillo que había en mitad del camping. Allí estaban, Mercedes, acababan de cenar, con su mesita abierta al fresco de la noche, disfrutando de un tinto de verano y jugando al tute subastado. ¡Como dos señores! Y mientras tanto tú estabas muerta, Mercedes, muerta y dándome ánimos desde el cielo para que hiciese justicia. La justicia, Mercedes, que a nosotros nos negaron.

Pasé más de una hora agazapado como un gato en medio de los pinos. La autocaravana de al lado era de unos jubilados alemanes que se fueron a dormir pronto. Cuando vi que los alemanes apagaban la luz empecé a montar la pistola. Lo del silenciador está muy bien pero tiene un gran inconveniente, ¿sabes, Mercedes? Para no fallar hay que colocarse a menos de cuatro metros, y eso era asumir mucho riesgo porque el cerrajero o su mujer podían verme y dar la voz de alarma. No imaginas la de cosas que hay que aprender para matar a un hombre.

Comencé un acercamiento sigiloso. A medida que avanzaba iba escuchando la conversación.

-Cuando terminemos esta partida nos vamos a la cama –dijo el cerrajero.

Me encontraba ya tan cerca que pude verle la picardía en los ojos. La mujer sonrió y por debajo de la mesa le tocó la pierna con su pie desnudo. Comprendí entonces que también ella debía morir, que no podía dejar testigos. Mercedes, en esta ocasión no me tembló el pulso. Nada que ver con el director del banco. Aquello fue una sangría, pero es que la primera vez siempre es difícil.

Aparecí de entre la oscuridad y me situé a dos pasos del cerrajero. Apreté dos veces el gatillo y su cuerpo se desinfló como un pelele. La mujer no tuvo tiempo de gritar cuando ya tenía también sus dos balas en la cabeza. Nadie se inmutó, nadie vio nada, ni siquiera los grillos detuvieron su cri-cri.

Poco a poco, Mercedes, se va haciendo justicia. Ya he acabado con el cerrajero que abrió la puerta, con el director del banco y con el oficial del juzgado que traía la orden de desahucio. Me quedan todavía el juez y los dos policías que acompañaban al oficial. Poco a poco, Mercedes, poco a poco. Si hubieras visto la autocaravana, Mercedes… Una casa andante. Una casa. Como la nuestra, la que ellos nos quitaron.

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©Alejandro Pedregosa 2014
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