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Algunos de los poemas que contienen este libro.
El tiempo de los bárbaros

EL NIÑO/1

¿Alguno de vosotros
ha visto pasar al niño?

Lo perdí a media tarde,
llevaba un soplo de alegría en la mejilla,
el pelo rubio y un jersey
azul como la niebla.

No puede andar muy lejos,
era así,
más o menos de tu altura,
debería ir cantando una canción
monótona y sin tiempo,
quizá la hayáis oído porque suena
todavía en el aire y en el agua
del resto de los niños.

Lo traía agarrado de la mano
y ha corrido detrás de una pelota.
Es de carne este niño que yo busco
pero también de sombra,
como fueron sus padres
y el hermano mayor
y la foto marchita de todos los salones.

Vosotros, que sois niños todavía,
y domináis el parque y sus contornos
y el vuelo de la piedra contra el charco,
vosotros, decidme,
¿habéis visto, por piedad,
pasar al niño?

AMOR EN TÁNDEM

Me gustaría que un día
cualquiera de este otoño
o la mañana más fresca
de la próxima primavera
me llevaras contigo
a pasear en tándem.

Porque conozco el sabor del esfuerzo
a tu lado compartido
y es armónico el empuje de los cuerpos
que trascienden la noche para amarse
a la luz también de una excursión o una merienda.

Quiero abrazar el ritmo de tu espalda
en medio de un deporte
y comprobar la gracia de tus piernas
que se tensan igual
que violines hambrientos
a la luz de las velas.

Pero en un tándem, amor,
para que puedan los niños reír a nuestro paso
y levanten el brazo los paisanos
y maldiga el ciclista
la soledad salina de su frente.

Elige la mañana que menos te entorpezca
y lánzame a rodar
por el trazado rojo de la periferia,
por empinadas cuestas y torpes cabañales
(cualquier tierra me vale)
con tal que nos veamos en un tándem,
pero en un tándem, amor,
que tengo el equilibrio abandonado
al vértigo del mundo y sus espuelas
y me caigo, amor mío, siempre me caigo,
sin casco, sin tu amor, sin tus coderas.

LA TIERRA MUERTA/1

Para entender la pena que abriga estos parajes
no basta argumentar una derrota,
ni un fragor de batalla
ni la quema de tantos
y tantos girasoles.

Sería necesario inspeccionar
el vientre de remotas alimañas,
hurgar el amarillo
sedoso de sus tripas
para advertir que aquí, antes que el agua,
regó la sangre el tronco de las vides.

Hoy pudre el sol la piel de los guijarros
y en su seno titilan
corazones de blancas lagartijas.
Los recuerdos –apenas una fiebre–
se secan en la boca de los peces
más profundos.

Para acabar con tanto desamparo
no alcanza la sonrisa de los niños
que divertidos juegan frente al mar.
Quizá con la belleza
desnuda de sus madres
tampoco alcanzaría.

EPÍLOGO/2 (Los trabajos de Cándido)

Para acabar aquí,
en la sombra frutal que pacifica el huerto,
ocupado en albadas y en ocasos,
han sido necesarias veinte guerras,
siete persecuciones, dos naufragios
y una sola mujer.

Hoy comprendo que el arte más sublime
consiste en observar la maravilla
y dejar que la araña, poco a poco,
vaya urdiendo su gran mapa de seda
en nuestro corazón.

Mi labor principal para mañana
será podar la rama del manzano
que en vegetal ascenso oculta el sol
a la humilde azalea.

Qué gran obra, qué amor hacia lo humano –se decía–
abrirle los caminos de la luz
a la azalea.

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©Alejandro Pedregosa 2014
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